Toda persona que llega a conversar con la bisabuela Julia, adquiere un agradable consejo o una regañadita implícita, si a su parecer no se está portando bien; y lo hace a través de un cuento, solamente se tiene que estar muy dispuesta a escucharla por un buen rato, bastante largo, por cierto. Con esta corta edad que poseo ya he sido víctima de su larga charla por andarme sincerando con ella.
Con estos conflictos existenciales que suelo tener, como todo
adolescente, cierto día
le confesé que me atormentaba ver tanta
gente con crisis de todo tipo: económicas, de salud, familiares; y le pedía explicaciones de por qué
Dios permite todas estas cosas. Creyendo que me diría una contestación breve
fui cayendo en el cuento sin fin… y ahí vamos….
Mira,
niña, no es bueno andar culpando de todo al Señor. Te voy a contar la historia de un hombre que quiso
acabar con los sufrimientos; dicen los
que lo conocieron, que sería difícil encontrar hombre más bueno y compasivo que
el maestro Anastasio Cajina. El sufrimiento ajeno lo acongojaba más que el
propio.
Lo atormentaba la
pena de don Guillermo y su esposa, que solo tenían un hijo y el pobre muchacho estaba paralítico.
Todos los domingos se veía a la pareja llegar al templo empujando la silla de
ruedas en que iba el enfermito.
Micaela también le
afligía mucho. La pobre se pasaba la vida trabajando en casa ajena para poder
sostener a su madre, que desde hacía muchos años no dejaba la cama.
El pobre Jobel,
cargado de hijos, que nunca ganaba lo suficiente con qué poder alimentarlos; era
otro motivo de sufrimiento. Y qué decir de doña Margarita, con aquel marido tan
borracho y que no se cansaba de maltratarla.
Tanto dolor y tanta
miseria en los demás, se habían vuelto un tormento para él.
Como era muy creyente, le pedía a Dios que quitara el sufrimiento de toda aquella buena
gente y, si fuera necesario,
lo hiciera caer sobre su propia persona.
Una noche sucedió
algo extraordinario; mientras estaba en oración, vio una figura que resplandecía
como un lucero y le dijo: “Anastasio, el Señor ha dispuesto atender tus suplicas.
Va a quitar las penas a aquéllos por los que tanto has rogado y todos esos sufrimientos caerán sobre ti; pero
eso sí, tendrás que atenerte a las consecuencias”.
La voz de la
bisabuela Julia cambiaba de tono, ya me parecía que era a mí que me hablaba la
luz y, mientras tanto, yo quería
reconocer cada nombre y situación que ella describía y para mis adentros decía:
“clase regañada la que me va a dar”. Y
ya toda chiva yo prestaba atención, pero maquinaba como me sacaría está tratada
que quería dar la viejita.
Mientras ella
continuaba… Al despertar, a la mañana
siguiente, el maestro Anastasio sintió que todo el cuerpo le dolía, y a duras
penas consiguió llegar hasta la escuela, por la tarde. A partir de ese día, en
medio de sus padecimientos, se fue dando cuenta de muchas cosas que comenzaron
a pasar en el pueblo: El hijo de don Guillermo se recuperó, como por milagro, de la parálisis; pero también le contaron que su mamá llegaba
al templo a llorar como una Magdalena,
porque ya su esposo no la acompañaba y
se decía que éste pensaba dejarla
por una muchacha más joven que vivía en
el pueblo vecino.
También oyó que la
madre de Micaela había recuperado la salud, trabajaba y se valía por ella
misma; pero no era feliz, Micaela se fue con un rico comerciante de la capital,
que al momento la abandonó y la muchacha no había querido volver a su casa. Y
en cuanto a
Jobel, aunque de la noche a la mañana había empezado a
ganar dinero y era bastante rico, también había tomado el camino de la desgracia y la maldad: se hizo prestamista y estaba a punto de quitarle la casa a dos
familias pobres. Y, por último, doña Margarita: su marido había
dejado el trago, pero la mujer no hacía más que reprocharle la vida pasada y lo
humillaba constantemente; en esa casa tampoco había felicidad.
Una
noche, en medio de sus oraciones, don Anastasio meditaba sobre todo lo
sucedido: aquellos por quienes tanto había rogado, estaban liberados de sus
sufrimientos, pero más bien parecían más desdichados y ya no eran tan buenos
como antes. Recordó, entonces, que la aparición le había hecho una
advertencia. Casi desesperado comprendió que el sufrimiento humano es un
misterio. Un misterio que él no podía comprender. Pidió de todo corazón a Dios
que lo perdonara, por no vislumbrar que el sufrimiento es parte de la vida misma
de cada uno y que si no se sufre de una manera, se sufre de otra; además
comprendió que sólo Dios sabe por qué da
a cada quien un tipo de sufrimiento y que ir contra sus designios no es bueno.
Al despertar, al
siguiente día, sus dolores habían desaparecido. Desde entonces pidió a Dios que
le diera más sabiduría. Dicen que la paz volvió al corazón de don Anastasio y
comprendió, además, que el sufrimiento, muchas veces, acerca a Dios y por lo tanto a la
verdadera felicidad.
Por mi parte, aunque comprendí las intenciones
de la bisabuela de calmar mis sufrimientos, me ha quedado otra preocupación:
ahora, cada vez que veo a una persona buena y compasiva como el profesor Anastasio, me parece que está cargando con el sufrimiento
de otros.
Quizás, en otro
cuento, la bisabuela Julia me tranquilice ante esta nueva inquietud que tengo.
Publicado por:
Telma Sevilla Miranda
Gladys Baez Castro
Fatima Gomez Peña
Meyling Leiva Cano

Es un bonito tema porque expresa sentimientos de personas que les ha tocado vivir en el sufrimiento
ResponderBorrarMuy lindo escrito, pues nunca esta demas escuchar los consejos de las personas mayores, ademas de que nos enseña sobre un doloroso sentimiento como es el sufrimiento.¡Buen trabajo!
ResponderBorrarBuen texto! Fue agradable haberlo leído.
ResponderBorrarUn texto muy interesante buen trabajo me gusto leerlo las felicito chicas
ResponderBorrarGracias por comentar, muchachos.Esto también es una forma de aprender.
BorrarFelicitaciones a las autoras. Bonita narración.
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