miércoles, 13 de agosto de 2014

Quiero acabar con los sufrimientos

Toda persona que llega a conversar con la bisabuela Julia, adquiere un agradable consejo o una regañadita implícita, si a su parecer no se está portando bien; y lo hace  a través  de un  cuento, solamente se  tiene que estar muy dispuesta a escucharla por un buen rato, bastante largo, por cierto. Con esta corta edad que poseo ya he sido víctima de su larga charla por andarme sincerando con ella.


Con estos conflictos  existenciales que suelo tener, como todo adolescente, cierto día le confesé que  me atormentaba ver tanta gente con crisis de todo tipo: económicas, de salud, familiares; y le pedía explicaciones de por qué Dios permite todas estas cosas. Creyendo que me diría una contestación breve fui  cayendo en el cuento sin fin…  y ahí vamos….



Mira, niña, no es bueno andar culpando de todo al Señor.  Te voy a contar la historia de un hombre que quiso acabar con los sufrimientos;  dicen los que lo conocieron, que sería difícil encontrar hombre más bueno y compasivo que el maestro Anastasio Cajina. El sufrimiento ajeno lo acongojaba más que el propio.

Lo atormentaba la pena de don Guillermo y su esposa, que solo tenían  un hijo y el pobre muchacho estaba paralítico. Todos los domingos se veía a la pareja llegar al templo empujando la silla de ruedas en que iba el enfermito.



Micaela también le afligía mucho. La pobre se pasaba la vida trabajando en casa ajena para poder sostener a su madre, que desde hacía muchos años no dejaba la cama.


El pobre Jobel, cargado de hijos, que nunca ganaba lo suficiente con qué poder alimentarlos; era otro motivo de sufrimiento. Y qué decir de doña Margarita, con aquel marido tan borracho y que no se cansaba de maltratarla.



Tanto dolor y tanta miseria  en los  demás, se habían vuelto un tormento para él. Como era muy creyente, le pedía a Dios que  quitara el sufrimiento de toda aquella buena gente y, si fuera necesario, lo hiciera caer sobre su propia persona.


Una noche sucedió algo extraordinario; mientras estaba en oración, vio una figura que resplandecía como un lucero y le dijo: “Anastasio, el Señor ha dispuesto atender tus suplicas. Va a quitar las penas a aquéllos por los que tanto has rogado y  todos esos sufrimientos caerán sobre ti; pero eso sí, tendrás que atenerte a las consecuencias”.

La voz de la bisabuela Julia cambiaba de tono, ya me parecía que era a mí que me hablaba la luz y, mientras tanto,  yo quería reconocer cada nombre y situación que ella describía y para mis adentros decía: “clase  regañada la que me va a dar”. Y ya toda chiva yo prestaba atención, pero maquinaba como me sacaría está tratada que quería dar la viejita.

Mientras ella continuaba… Al  despertar, a la mañana siguiente, el maestro Anastasio sintió que todo el cuerpo le dolía, y a duras penas consiguió llegar hasta la escuela, por la tarde. A partir de ese día, en medio de sus padecimientos, se fue dando cuenta de muchas cosas que comenzaron a pasar en el pueblo: El hijo de don Guillermo se recuperó, como por milagro, de la parálisis;   pero también le contaron que su mamá llegaba al templo a llorar como una Magdalena,  porque ya  su esposo no la  acompañaba y   se decía que  éste pensaba dejarla por una muchacha  más joven que vivía en el  pueblo  vecino.


También oyó que la madre de Micaela había recuperado la salud, trabajaba y se valía por ella misma; pero no era feliz, Micaela se fue con un rico comerciante de la capital, que al momento la abandonó y la muchacha no había querido volver a su casa. Y en cuanto Jobel, aunque de la noche a la mañana había empezado a ganar dinero y era bastante rico, también había tomado  el camino de la desgracia y la maldad: se hizo prestamista  y estaba a punto de quitarle la casa a dos familias  pobres.  Y, por último, doña Margarita: su marido había dejado el trago, pero la mujer no hacía más que reprocharle la vida pasada y lo humillaba constantemente; en esa casa tampoco había felicidad.


Una noche, en medio de sus oraciones, don Anastasio meditaba sobre todo lo sucedido: aquellos por quienes tanto había rogado, estaban liberados de sus sufrimientos, pero más bien parecían más desdichados y ya no eran tan buenos como antes. Recordó,  entonces,  que la aparición le había hecho una advertencia. Casi desesperado comprendió que el sufrimiento humano es un misterio. Un misterio que él no podía comprender. Pidió de todo corazón a Dios que  lo perdonara, por no vislumbrar  que el sufrimiento es parte de la vida misma de cada uno y que si no se sufre de una manera, se sufre de otra; además comprendió que  sólo Dios sabe por qué da a cada quien un tipo de sufrimiento y que ir contra sus designios no es bueno.

Al despertar, al siguiente día, sus dolores habían desaparecido. Desde entonces pidió a Dios que le diera más sabiduría. Dicen que la paz volvió al corazón de don Anastasio y comprendió, además, que el sufrimiento, muchas veces, acerca a Dios y por lo tanto a la verdadera felicidad.

 Por mi parte, aunque comprendí las intenciones de la bisabuela de calmar mis sufrimientos, me ha quedado otra preocupación: ahora,  cada vez que veo  a una persona  buena y compasiva como el profesor Anastasio,  me parece que está cargando con el sufrimiento de otros.

Quizás, en otro cuento, la bisabuela Julia  me tranquilice ante  esta nueva inquietud que tengo.




Publicado por:
Telma Sevilla Miranda
Gladys  Baez Castro
Fatima Gomez Peña
Meyling Leiva Cano

6 comentarios:

  1. Es un bonito tema porque expresa sentimientos de personas que les ha tocado vivir en el sufrimiento

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  2. Muy lindo escrito, pues nunca esta demas escuchar los consejos de las personas mayores, ademas de que nos enseña sobre un doloroso sentimiento como es el sufrimiento.¡Buen trabajo!

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  3. Buen texto! Fue agradable haberlo leído.

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  4. Un texto muy interesante buen trabajo me gusto leerlo las felicito chicas

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    1. Gracias por comentar, muchachos.Esto también es una forma de aprender.

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  5. Felicitaciones a las autoras. Bonita narración.

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