jueves, 4 de septiembre de 2014

Mateo y el anciano.


Había una vez en Cuisalá, una pequeña comarca  de Nicaragua, un joven campesino llamado Mateo que era muy trabajador, alegre y servicial;  además creyente en la Divina Providencia. Se ganaba la vida vendiendo leña y gallinas en la ciudad de Juigalpa, que era el poblado más próximo. Siempre viajaba en su pequeña mula.

Cierto día, camino a Juigalpa, se encontró con un anciano que estaba sentado sobre una piedra. Mateo notó que el viejecito estaba muy cansado, ya que  con mucha dificultad sostenía su bastón. Con la intención de ayudarle se acercó a él  y le preguntó:

-¿Hacia dónde se dirige?

El anciano respondió - Al mismo lugar donde te diriges tú.

 El joven, sorprendido, replicó -¿y cómo sabe usted a dónde voy yo?

-Porque siempre he ido contigo -dijo el anciano.

El joven, por un instante, se quedó pensativo y no encontraba la palabra adecuada para responder al anciano, pues un tropel de pensamientos pasaba por su mente. ¿Será esto realidad o fantasía? o tal vez el anciano delira - pensó -  El asombro fue tal, que decidió bajar de su mula para averiguar quién era el misterioso anciano.
Mateo  sacó de su alforja un morral donde siempre llevaba  su merienda  y, en tono gentil, le dijo al anciano:
– venga, sentémonos debajo de este árbol de chilamate, y compartamos mi alimento. El anciano, que tenía un rostro entre la inocencia de un niño y la sabiduría de un ser supremo, lo miró a los ojos y le dijo:
– ¿Te acuerdas  de que el domingo pasado tú venías en tu mula por este camino cuando una mujer, con su hijo en el cuadril, caminaba hacia Juigalpa con el rostro enrojecido por el inclemente sol y con el cuerpo endeble producto del sufrimiento y de la pobreza extrema? Tú te detuviste para llevar al niño en la mula, porque sentiste compasión de la mujer, que en realidad no era una mujer, sino un ángel que deseaba probar tu bondad.

El joven se asustó mucho y quedó aun más aturdido. El desconcierto fue tal, que decidió montar de nuevo en su mula para huir de aquel anciano tan extraño y misterioso; cuando, de pronto, sopló un viento fuerte y el viejecillo cayó de  bruces sobre un barranco.

Mateo pensó, por un momento, ayudar al anciano, pero pudo más su miedo que su bondad y huyó de aquel lugar como ave despavorida. Galoparon como trescientas varas, mientras  el corazón le palpitaba cada vez más fuerte. 

 A pesar del miedo que le infundía el anciano, sintió nuevamente compasión por él  al recordar cómo había caído y se reprochó por no haberle ayudado.

Ante tal pesar, bajó de su mula y reposó sobre una piedra. Un poco más tranquilizado reflexionó sobre lo sucedido y creyó conveniente volver al lugar para saber el estado del anciano y así lo hizo.

Pero las sorpresas para Mateo aún no terminaban; de  nuevo en el sitio se encontró con que dos bandidos, conocidos por él, de su misma comarca   llevaban a un niño de siete años para enseñarle a hacer sus fechorías: metían a niños a las casas de la ciudad  para que robaran por ellos y luego vendieran los objetos robados.

Los bandidos le temían a Mateo, pues era conocido por fortachón, esa fuerza bruta que da el trabajo duro del campo; por lo que  dejaron al niño sobre el camino y   huyeron. Mateo tomó al niño, observó el lugar y no vio ni rastros del anciano. Regresó a su comarca y entregó al niño a su madre, recomendándole más cuido para la criatura.

A partir de entonces, Mateo dispuso en su corazón ayudar siempre a las personas, porque comprendió que  cuando se ayuda a seres indefensos,  en cualquier  situación, Dios manda  al Ángel de la Guarda para bridar apoyo y  protección.

Nunca  supo quién fue el anciano que  encontró, aquella vez,  en el camino, pero   narra la historia a las personas que llegan a su casa y les dice:

“- Yo nací en Cuisalá; como buen chontaleño me encanta montar en mi mula y viajar a la  ciudad a vender leña y gallinas.  Todos me dicen que  debería viajar en bus para evitar la fatiga, pero ¡caramba! , sería más burro que mi mula si decido montarme en esos chunches donde el gentillal lo sofoca a uno; además desajusto los poco centavos que llevo.

Y ¡son babosadas! , cuando yo nací mi madre iba montada en un caballo y así voy a seguir, siempre en  mi mula hasta que me muera; y  también lo hago porque tengo la esperanza de encontrar al anciano que dejé  tirado en el barranco y que estoy seguro de  que era mi ángel de la guarda, el que siempre me ha protegido; pero aún está caído en algún lugar esperando que yo lo levante; y ¿saben dónde está?, entre Cuisalá y Juigalpa. Yo lo voy a seguir buscando, pero si ustedes vienen a estas tierras cuando yo ya no esté, no dejen de buscarlo, porque   si yo no lo encuentro,  tal vez ustedes sí, y les da la oportunidad de levantarlo.

No lo dejen tirado en el barranco como lo hice yo, porque toda la vida cargarán con esa culpa, por eso les pido que cuando estén frente a él y lo vean todo frágil e insignificante, lo levanten y le digan:

¡Lo hacemos en honor al joven Mateo que vivió en el corazón de Chontales y que fue de buena madera, un tronco de hombre!” 

Autores:
Sanchenka Acevedo.
Nurys Molina.
Lizmayela Murillo.

6 comentarios:

  1. Muy bonito texto chicas sigan así y animo a seguir redactando mas

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  2. ¡buen trabajo! muy bonito texto y sobre todo por el mensaje que nos transmite.¡felicidades!

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  3. La redaccion esta muy muy buena, nos enseña mucho sobre la esperanza que tenia el joven de encontrar al anciano y aun mas no perder su identidad.

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