
Había una vez en Cuisalá, una pequeña comarca de Nicaragua, un joven campesino llamado Mateo que era muy trabajador, alegre y servicial;
además creyente en la Divina Providencia.
Se ganaba la vida vendiendo leña y gallinas en la ciudad de Juigalpa, que era
el poblado más próximo. Siempre viajaba en su pequeña mula.
Cierto
día, camino a Juigalpa, se encontró con un anciano que estaba sentado sobre una
piedra. Mateo notó que el viejecito estaba muy cansado, ya que con mucha dificultad sostenía su bastón. Con
la intención de ayudarle se acercó a él
y le preguntó:
El
anciano respondió - Al mismo lugar donde te diriges tú.
El joven, sorprendido, replicó -¿y cómo sabe
usted a dónde voy yo?
-Porque
siempre he ido contigo -dijo el anciano.
El
joven, por un instante, se quedó pensativo y no encontraba la palabra adecuada
para responder al anciano, pues un tropel de pensamientos pasaba por su mente.
¿Será esto realidad o fantasía? o tal vez el anciano delira - pensó - El asombro fue tal, que decidió bajar de su
mula para averiguar quién era el misterioso anciano.
Mateo
sacó de su alforja un morral donde
siempre llevaba su merienda y, en tono gentil, le dijo al anciano:
–
venga, sentémonos debajo de este árbol de chilamate, y compartamos mi alimento.
El anciano, que tenía un rostro entre la inocencia de un niño y la sabiduría de
un ser supremo, lo miró a los ojos y le dijo:
–
¿Te acuerdas de que el domingo pasado tú
venías en tu mula por este camino cuando una mujer, con su hijo en el cuadril,
caminaba hacia Juigalpa con el rostro enrojecido por el inclemente sol y con el
cuerpo endeble producto del sufrimiento y de la pobreza extrema? Tú te
detuviste para llevar al niño en la mula, porque sentiste compasión de la
mujer, que en realidad no era una mujer, sino un ángel que deseaba probar tu
bondad.
El
joven se asustó mucho y quedó aun más aturdido. El desconcierto fue tal, que
decidió montar de nuevo en su mula para huir de aquel anciano tan extraño y
misterioso; cuando, de pronto, sopló un viento fuerte y el viejecillo cayó
de bruces sobre un barranco.
Mateo
pensó, por un momento, ayudar al anciano, pero pudo más su miedo que su bondad
y huyó de aquel lugar como ave despavorida. Galoparon como trescientas varas,
mientras el corazón le palpitaba cada
vez más fuerte.
A pesar del miedo que le
infundía el anciano, sintió nuevamente compasión por él al recordar cómo había caído y se reprochó
por no haberle ayudado.
Ante
tal pesar, bajó de su mula y reposó sobre una piedra. Un poco más tranquilizado
reflexionó sobre lo sucedido y creyó conveniente volver al lugar para saber el
estado del anciano y así lo hizo.
Pero
las sorpresas para Mateo aún no terminaban; de
nuevo en el sitio se encontró con que dos bandidos, conocidos por él, de
su misma comarca llevaban a un niño de siete años para
enseñarle a hacer sus fechorías: metían a niños a las casas de la ciudad para que robaran por ellos y luego vendieran
los objetos robados.
Los
bandidos le temían a Mateo, pues era conocido por fortachón, esa fuerza bruta
que da el trabajo duro del campo; por lo que
dejaron al niño sobre el camino y
huyeron. Mateo tomó al niño, observó el lugar y no vio ni rastros del
anciano. Regresó a su comarca y entregó al niño a su madre, recomendándole más
cuido para la criatura.
A
partir de entonces, Mateo dispuso en su corazón ayudar siempre a las personas,
porque comprendió que cuando se ayuda a
seres indefensos, en cualquier situación, Dios manda al Ángel de la Guarda para bridar apoyo y protección.
Nunca supo quién fue el anciano que encontró, aquella vez, en el camino, pero narra la historia a las personas que llegan a
su casa y les dice:
“-
Yo nací en Cuisalá; como buen chontaleño me encanta montar en mi mula y viajar
a la ciudad a vender leña y gallinas. Todos me dicen que debería viajar en bus para evitar la fatiga,
pero ¡caramba! , sería más burro que mi mula si decido montarme en esos
chunches donde el gentillal lo sofoca a uno; además desajusto los poco centavos
que llevo.
Y
¡son babosadas! , cuando yo nací mi madre iba montada en un caballo y así voy a
seguir, siempre en mi mula hasta que me muera;
y también lo hago porque tengo la
esperanza de encontrar al anciano que dejé tirado en el barranco y que estoy seguro de que era mi ángel de la guarda, el que siempre
me ha protegido; pero aún está caído en algún lugar esperando que yo lo levante;
y ¿saben dónde está?, entre Cuisalá y Juigalpa. Yo lo voy a seguir buscando,
pero si ustedes vienen a estas tierras cuando yo ya no esté, no dejen de buscarlo,
porque si yo no lo encuentro, tal vez ustedes sí, y les da la oportunidad de
levantarlo.
No
lo dejen tirado en el barranco como lo hice yo, porque toda la vida cargarán
con esa culpa, por eso les pido que cuando estén frente a él y lo vean todo
frágil e insignificante, lo levanten y le digan:
¡Lo
hacemos en honor al joven Mateo que vivió en el corazón de Chontales y que fue
de buena madera, un tronco de hombre!”
Autores:
Sanchenka Acevedo.
Nurys Molina.
Lizmayela Murillo.

Muy bonito texto chicas sigan así y animo a seguir redactando mas
ResponderBorrarMuchisimas Gracias!
Borrar¡buen trabajo! muy bonito texto y sobre todo por el mensaje que nos transmite.¡felicidades!
ResponderBorrarGracias querida!
BorrarBuen trabajo
ResponderBorrarLa redaccion esta muy muy buena, nos enseña mucho sobre la esperanza que tenia el joven de encontrar al anciano y aun mas no perder su identidad.
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